Sistema aritmético de los micosines

I

Nos encontramos en la oficina de una megaempresa, controlada por siete micosos. Ermitelios alborotados sobrevuelan las mesas. Hay un teléfono que cada vez que suena lo atiende un micosín verde limón, y otro teléfono que suena y nadie atiende. El piso es un tumulto de carpetas, clips, abrochadoras y firmas que se perdieron de los papeles y andan sueltas.

Se trata de un negocio familiar, fundado por los abuelos y bisabuelos de los micosines que nos conciernen. Se sabe que hay cierta clase de tareas más aptas que otras para que los padres las vayan, consciente(o no)mente, legando a sus hijos.

Ya podemos ir adivinando que la escena se sitúa en algún lugar de la tierra Oxoriental. Todo el mundo sabe que los micosines rapaneses son casi todos ilustres doctores y abogados pastoístas de bigote prolijo. Que los alebrijentzes son flautistas mentolinófilos o pintores desgreñados. Que los oriundos de Una Cabeza de Vaca son gramáticos y lógicos escolásticos stragagmesanistas e itélicos. Lógicos que exclaman: ¡ah, el principio del quinto excluído! Y concluyen así que los obreros de esta megaempresa son claramente pluplanqueños: algo menos idealistas, algo más prácticos, realizadores de actividades concretas. Experimentados negociantes. Bisnes, que, sí, es una palabra castellana; de eso se trata.

Los bisabuelos del micosito verde limón y sus compañeros eran sencillos constructores y trabajadores de la chinfulcaliza. Quizá previeron ya la redacción de esta historia, focalizada en sus bisnietos, cuando decidieron bautizar con el chocante Bisabuelos Corp. a la corporación. Entonces los ocupaban pequeños trabajos, de escala uno en mil, como labrar lápidas para las mascotas de nuevos ricos esnob, erigir obeliscos genuina imitación de ruinas de Plaplamalpa, disponer sombrillas de forma tal que no hagan sombra y afianzar las cuadernas de los buques de papel que impulsaban pequeñuelos en las orillas del Río Espurma.

En las épocas platinadas de Alebrijentz, el Payaso Pichito contrató por licitación a Bisabuelos Corp. para construir el Muro de Contención Alehedorista. Se proyectó la pared más grande y costosa de la historia del planeta, y mucho se dijo en los medios de comunicación de la mole que iba a tajar el continente en dos. Avelino tuvo un ataque de risa cuando advirtió que en algún lugar el descomunal aglomerado de piedras habría de terminar, que en algún sitio iba a haber una pared y al lado no iba a haber nada. No obstante la expectativa de las partes involucradas, estaba escrito que la construcción del muro se abandonaría. Teniendo esto en cuenta, los contratistas actuaron presto: tardaron sólo cuatro meses en dejarlo a medio hacer.

La ligereza de la inconclusa conclusión animó profundamente al gobierno oxoriental a contratarlos en una oportunidad posterior. Profundamente, decíamos, ya que se trató ni menos ni más que de la excavación del profundo Pozo sin Fondo de Pluplanca, que de un día para otro estuvo listo. El éxito de la misión sorprendió al confundido primer ministro pluplanqués, que repasaba una y otra vez la paradoja eléata de Pichito y la Tortuga, y no le entraba en la cabeza cómo era que habían dragado un pozo que no tenía fondo. Lo que no sabía era que el éxito se lo debían los Bisabuelos a Ernestino el Pequeño, que había perforado el suelo con su palita de playa, y replicaba No te bañarás dos veces en el Espurma.

Después de la hazaña, a la megaempresa comenzaron a lloverle ofertas. Impelido por el faraónico deseo de perdurar más allá de su tiempo, el cerúleo Blimviznurrin Arrananana ordenó la edificación de una ciudad en ofrenda propia. Lo maravilloso de esta ciudad sería, en palabras del propio Blimviz, que estaría despojada de todo edificio, exceptuando las puertas de la ciudad, que ahí están todavía. Falta decir que casi todos pensaron (quizá no sin razón) que a Blimviznurrin no le daba el cuero para pagar más que las puertas.

Los viajeros de las zonas más incógnitas de Edacval hablaban en sus breves relaciones marcopolientas, y en sus tabulas cartográficas precisísimas, de otra obra, presumiendo que acaso estuviera hecha también por los Bisabuelos: la Montaña sin Cima, réplica especular, invertida, del Pozo sin Fondo. Íteles Óteles ha develado el busilis, preguntándole a Ernestino dónde había dejado la porquería que fue sacando del Pozo.

Tal vez con la intención de repetir el éxito del Pozo sin Fondo, que había conferido renombre al por entonces microemprendimiento, trataron de redactar un libro infinito. O quizás todo se debía a la creciente obsesión del primer ministro pluplanqués por la paradoja del primer cariabón que nunca alcanza al segundo, problemática que evidencia el limitado conocimiento del cálculo infinitesimal de los edacvalinos. La novedad de este libro infinito era que el libro en sí mismo contaba con una cantidad precisa de páginas (veinticuatro); su contenido conseguía ser infinito merced a una ingeniosa manganeta del editor: el cuerpo de los tipos se reducía gradualmente letra a letra. Las primeras doce páginas concentraban tanta información como las páginas trece a dieciocho, y éstas a su vez tanta como las páginas diecinueve a veintiuno. Todavía no está claro dónde se habían fabricado los tipos, más delgados algunos que cualquier partícula conocida. Menos se sabe quién había escrito el contenido, infinito, del volumen.

Stragagmesani, que una vez se puso a leer a los autores de por acá, remarca la naturaleza kafkiana de la narración contenida en el volumen: cada vez faltan menos páginas, pero para terminar siempre falta lo mismo.

Uno de los menos recordados frutos de la labor de los Bisabuelos es la infraestructura excelsamente planificada del Mundo Subterráneo -que pocos recuerdan porque son pocos los que allí han estado-. Primero se abocaron a la construcción de numerosas puertas giratorias, que conforman el punto de entrada al Edacval de abajo. Diferencia a estas puertas de otras el eje, que está dispuesto horizontalmente, paralelo al plano del piso. Así, para descender al mundo subterráneo es menester sujetarse con un arnés e ir descendiendo a rapel, aunque una alternativa es utilizar pantuflas imantadas sobre una pared de hierro. La relativa popularidad de este mecanismo ha complicado a Pichito la instalación de molinetes, como los del subte, más que nada por los conflictos entre tal sistema y las tarjetas magnéticas.

Además de la puertas ya explicadas, los Bisabuelos han diseñado y levantado la red acuífera subterránea, que es alimentada por un embudo de proporciones monstruosas que recolecta la lluvia en la zona de la planicie dorada, aprovechando que allí es inútil por encontrarse prohibidas las actividades hortícolas. El embudo fluvial conduce el agua por trampas y recovecos al corazón del planeta.

II

En la actualidad, los empleados que trabajan aquí en la oficina de los Bisabuelos se encargan de llevar a cabo obras que a todo el resto de los edacvalinos les tomaría un siglo o más terminar y que, no siendo ellos la excepción, logran inaugurar en aproximadamente cien años.

Hoy parecía que iba a ser un día como cualquier otro. El micosín verde limón acaba de cerrar un negocio, han confirmado la construcción de una imponente planta galletitera para la producción de bizcochitos de fanichóresa del tamaño de una isla. El reloj marca las tres de la tarde en punto, pero está algo atrasado; deben ser las tres y seis minutos en realidad. Un ubicuo Payaso acaba de hacerse presente en las puertas del edificio. Está maquillado. La cara pintada de blanco. Una lágrima violácea en el cachete. Una sonrisa medio torcida. Del otro lado es una mueca triste. Un micosín abre la puerta sólida estilo art decó, lo hace pasar por unos escalones, lo lleva por unos pasillos angulosos; ahí podemos ver la cara redonda de una micosina ojos verdemar que atiende al Payaso. Él viene a discutir importantes asuntos.

Supongo que cualquiera se habrá dado cuenta ya, el Payaso es Pichito. Pichito ha acudido a los Bisabuelos para encargar la confección de un tablero.

-¿Un tablero?

-Un tablero gigante. Se me ocurrió en Toribio. Usted sabe. Me embarqué en un safari. Bueno, embarcarse no es la palabra. Fuimos de caza en un jeep a Toribio del Fondo. Desde chico tenía ganas de hacerlo. Para ver la fauna de ahí, sí. Hay unos animales parecidos a nauratrampos. Yo nunca había escuchado nada. También cementerios de espejuelas gigantes. Estuve con una tribu mbadongo. Sí, los oxorientales siempre los prejuzgamos. No sé, no piensan como nosotros, viven distinto, mucho más cerca de la tierra. Usted duerme en una cama pero ellos no. Por acá creemos que son tontos. Los intelectuales dicen que sus costumbres son poco higiénicas, que no idolatran al Yuyo, los ven como animales. Pero no son nada tontos, no. Piensan distinto a nosotros. Ellos cavan agujeritos en la tierra y juegan con semillas. Usted y yo somos hedonistas. ¿Cuántas veces ha oído comparar a las personas con piezas de un juego? Para los mbadongo no. En todas esas comparaciones se trasluce la idea de que uno es más importante que el entorno. Que uno es la pieza, y el tablero es la circunstancia. Ellos dicen que no, que lo central son los estados mentales y anímicos, los pensamientos y emociones. Que usted no es más que una acumulación de vivencias, sus experiencias personales. Y que el universo no es más que la acumulación de todas las vivencias. Para ellos, nosotros, las personas, somos el tablero. Las experiencias son las piezas, que pasan por nosotros. Se quedan, se posan un rato, después se van a otros casilleros, a otras personas. Ellos cuentan una leyenda. Una vez se había acabado el amor, porque este sentimiento se había quedado atorado en una nenita, se quedó atrapado en una persona y todos los demás dejaron de sentirlo. Terrible, se había armado un embotellamiento de emociones, y estaba todo estancado. Bueno, sí, lo de embotellamiento lo metí yo pero la idea es ésa. Los guerreros querían matarla, pero los chamanes aconsejaban que no, porque iba a ser peor, que el amor se iba a dispersar por el mar, y chau. Porque los mbadongo tiran los cadáveres al agua. Después tuvieron que inventar una forma de que la nenita se enojara, para que las emociones empezaran a circular otra vez. Pero eso es otra historia. Entonces mi idea era construir un tablero gigante, la estructura. Que sea como un anfiteatro. Vamos a representar los juegos mbadongueses. La gente va a pasar y hacer de casilleros. Después la idea va a ser que se juegue tratando de que las emociones se muevan de unas personas a otras. En este juego, un equipo podría jugar con las emociones y otro con los pensamientos. Cada emoción, cada pensamiento, es un trebejo. Si usted quiere mover, digamos, la envidia, tiene que causar ese sentimiento en el escaque (la persona) destino. Una gran construcción. Necesito su colaboración. El último proyecto que emprendí, la instalación de una red telegráfica para comerciar té de mentolina, no fue más que una estafa del sombrero. Ya me decía mi vieja: tenés que aprender, Payaso, que la guita y los amigos no se mezclan.

Tras oir a Pichito, la micosina de ojos verdemar se retira a deliberar con el micosín verde limón, y un micosín algo más viejo, quizá su padre, color verde loro.

Entretanto, Pichito se entretiene leyendo una revista escrita al modo de cualquier publicación típica de las minorías -en este caso, los micosines-. Abundan los nombres y palabras con K, letra bienamada por los micosos. Hojea novedades sociales, el casamiento de Kiokkek Kekkeakan y Kkokuke Kuk, publicidades, tienda Okkokk, restaurante de comida micosina Kiakakai. También hay páginas que ponderan la inteligencia y la honradez de los micosines verdosos, con algunas aserciones de veracidad histórica muy dudosa.
Se lee: podemos decir, sin dudarlo, que los micosines fueron los primeros en aprender a contar. El artículo discurre después del complicado sistema aritmético de los micosines.
Poco a poco los personajes van descubriendo que en este mundo no hay antes. No hay después. Hoy es diecinueve de mociembre. Mañana será doce. Los Bisabuelos le dicen que sí a Pichito y comienzan a construir el tablero. No se dice mucho más.